El mejor polvo de la historia (1)
Dablín
1
Y ni pensar en entender qué sucedía, aunque todos dicen que primero sintieron una explosión y luego un chispazo para irse a negro. Si yo no vi a ningún negro, no oí más que un clic bajito y no sentí más que... no sentí ninguna huevá (2).
2
De profesión: exitoso. De apariencia: más lindo que nadie. De edad: joven con tendencia a no envejecer. De talentos: múltiples. Y de carácter: como el peor aborto del infierno, de lo mal genio que anda.
Así pueden definirlo, aunque lo que piensen de él, le importa un divino carajo. Hace como siete años que no le interesa lo que piensen, opinen o crean de él.
Transitó de persona súper buena onda, amable y educada, a hijo de la grandísima puta, todo en el lapso de media hora.
Antes de salir, se pasó dos horas frente al espejo arreglándose la chaqueta, el pelo, los dedos y todos los alrededores de su perfecta anatomía; y es que además se volvió maniático de su apariencia. Si antes lo que le cayera encima y lo cubriera estaba bien, desde un jean gastado y una polera tercermundista, hasta una toalla con florecitas amariconadas bordadas por la abuela, ahora no se pone nada que no sea caro, fino, de última moda y lo haga parecer un dios... ¡Un dios! Como si le hiciera falta, y ni lo usa... Dios le da sombrero a quien no tiene cabeza.
Hoy vuelve al país, después de un año jodiendo en un MBA en España, de esos que no aportan nada nuevo pero brillan en el currículum. Y no es el único que ha hecho, si se ha pasado no sé cuánto tiempo estudiando. Éste sólo estudia, come, caga y reverbera de odioso.
Para embarcarse en el avión que lo traería de vuelta, ninguneó a toda la plana de tarados que la aerolínea tiene en el mesoncito estúpido del aeropuerto, y lo hizo sólo para... ¿Quién sabe para qué? Si a este huevón parece que le apretaran los calzoncillos de lo malintencionado que anda.
Luego le dio una mirada de aquellas calienta calzones a las sobrecargos, haciendo que todas creyeran haber encontrado al príncipe azul; y es que para más remate, este grandísimo huevón luce como un hetero que busca esposa. No un ligue momentáneo, no, parece un hombre que ha decidido ponerle el diamante en el dedo a una chica y volverla decente. ¡Decente! ¡Pero si éste es homosexual de tomo y lomo! No lo sabré yo...
Pero la ilusión les duró poco, pobres incautas. En el vuelo logró hartarlas, las jodió como hincha a todo el mundo con su tonito de superioridad, sus miradas incendiarias a lo «estoy hablando con un subnormal», las denigró mirándolas de arriba abajo con cara de que olían a caca, y más encima, roncó como bestia cuando se quedó dormido.
¡Ahhh, por fin, llegó mi momento! Por fin en el cielo el encargado de turno, el inútil más grande del universo, decidió firmar el puto documento que me autoriza a comunicarme con este huevón.
No me miren así; si este tipo, el que jode a todo el mundo, el de ojos con tonalidad como las avellanas maduras, el que tiene el pelo color bronce viejo, el que tiene sonrisa de angelito resfriado, el que sonríe cuando los gatos maúllan, el que recicla hasta la espuma de afeitar, el que camina en lugar de usar taxi, el que cada noche aunque no lo quiera reza por sus muertos, el que aún guarda el papel plateado del primer chocolate que le regalé, el que un día le dio mucho dinero a un viejito medio muerto que vio en un estacionamiento allá en un país perdido en el norte, el que cuando duerme sueña que le pasan cosas lindas, es así, es porque yo me lo cagué medio a medio... Upsss.
Bien, ahora está por aterrizar el avión. Ays, si cuando duerme parece un angelito, y cuando está despierto es un ángel del averno, el grandísimo tarado.
No quiero que tomen partido sin conocer la historia completa, así que no chillen si parece que todo va mal para este huevón, porque al final todo debería salir bien… Bueno, salvo que alguno de esos de allá abajo meta la cola y me embarre el trabajo y tenga que seguir aquí, marcando el paso, viendo como mi novio se malgasta la vida.
Ahí va la lluvia. Tomen asiento y disfruten la experiencia. Ah, por si acaso, mi nombre es Francisco, pero todos me decían Fran, y el huevón malas pulgas que está esperando la maleta es Jorge, Coto para los más cercanos.
3
La lluvia asaltó la ciudad sin previo aviso, sin consideraciones y sin importarle un carajo que octubre estuviera de turno. Le interesó una mierda que fuera plena primavera con ambiciones de verano, y que en esta parte del mundo, en esta época, casi nunca llueve, nunca hace frío y el viento sólo a veces le da un soplido al acalorado valle.
Y a nadie de los cielos y menos del infierno le preocupó la tremenda tormenta eléctrica que se dejó caer, aguándole la recogida de dulces a los cafiches del azúcar.
Al único ser al que se le derrumbó el mundo fue a un tipo que venía llegando al país, después de un año de revolcarse en cuanto libro le pusieron por delante, porque era en ese lugar donde buscaba placer, porque del otro, ni en la ducha lo perseguía, y es que el sexo se lo había extirpado de la mente.
—¡La puta que lo parió!
Darle de patadas a las ruedas de los autos jamás ha hecho que se inflen o se cambien solas. Pero, ¿qué saco con decírselo? Si no me escucha, hace siete años que no me oye… Bueno, soy un fantasma. Ya, está bien… pero que no me ignore así, al cabo de los años uno se siente mal.
—¡Mierda de país, tenía que llover justo hoy!
Ya. Como si el pobre país tuviera la culpa del clima. Éste además de amargado y huevón se volvió imbécil.
Después de darle patadas al auto arrendado donde venía, a las dos ruedas pinchadas, a unas malezas y a una piedra que dormía por allí, Coto decidió caminar. Total, estaba cerca de la ciudad y algo encontraría. Y algo encontró: un motel (3) parejero medio vacío y harto picante que lo acogió como una buena meretriz empobrecida pero siempre digna. Desembolsó lo necesario en billetes crujientes y se fondeó en la habitación más lejana que había disponible.
Entró maldiciendo al encargado del clima, al dueño del motel, al presidente del país, a su sombra y a Dios.
Cerró la puerta como siempre, con un portazo de antología, y le echó doble llave. Se sacó la chaqueta empapada, los zapatos embarrados, los calcetines estilando, los pantalones enlodados y le dio una mirada asqueada a su refugio.
—Por la mierda, a mí nomás me pasa. Puto país con vista al mar (4). Llover en octubre...
Y siguió rezongando, maldiciendo y renegando de su maldita suerte mientras largaba la ducha y en pelotas se paseaba por la habitación.
Miró con repulsión la cama, le dio un vistazo a su maleta y después de sacar varias toallas de ella, un par de chalas (5) de goma, una botella de gel de baño y una esponja, se dio una ducha larga y protestada.
Salió con una toalla a las caderas, otra en el pelo, otra en los hombros y una con la que se secaba la cara, y dio el alarido de su vida. Algo que en un motel parejero no le llamó la atención a nadie, si ésa era la melodía clásica del lugar.
Frente a él había alguien...
Alguien... o algo transparente mirándolo.
—¿Qu-qué chucha (6)...? ¿Qué...? ¡¡Ahhhhh!!
—No, no tengas miedo… Soy yo. (¿Por qué digo semejante tontera?)
—Ándate, no... ¡Estoy loco! Tú estás muerto... ¡¡Muerto!!
—Coto, yo... Sí, estoy muerto, pero quiero hablar contigo... (Eso sonó peor)
—Déjame tranquilo, estoy soñando... Estoy muerto... Ahhh, ya sé, me quedé dormido en el avión y esto es una pesadilla.
—No, Coto... (¿Y ahora qué le digo?)
—¡¡No me llames así!! ¡¡Ya nadie me llama así!! ¡¡Ándate al infierno, pesadilla de mierda!!
—Jorge, esto no es una pesadilla, soy yo... Vine a verte. (Sigo diciendo tonteras)
—No, tú no vienes a hablar conmigo. ¡Tú estás muerto, pudriéndote en el infierno!
—Sí, no, no... No me digas eso... (Putas que me quiere)
—Mira, huevón, no sé qué es esto, si una pesadilla o algo peor, pero no quiero verte. Para mí estás muerto, enterrado y... ¡¡PUDRIÉNDOTE EN EL PUTO INFIERNO POR MARICÓN!!
—¿Yo? Y tú, ¿acaso ya no te gustan los hombres? Ya, no me pongas esa cara. (Parece que no me quiere ver)
—Ándate, déjame tranquilo... Debo haber chocado... Sí, eso es, choqué y estoy en coma. ¡¡Y ESTOY EN COMA CONTIGO, HIJO DE PUTA!!
—No, Cot... Jorge, no estás soñando, ni en coma, ni borracho. Hoy es la noche de los muertos y me dieron permiso para que hablara contigo y arreglara todo. (Y dejara de andar hueveando por la ciudad, creyéndome Gasparín(7)
—Ja, ja, ja... Muerto, mentiroso y baboso... ¿Tú crees que soy el mismo estúpido de antes? ¿Al que le pegaste en la nuca (8)? ¡¡NO, HUEVÓN… ÁNDATE!!
—Jorge, por favor... Yo sé que estás enojado conmigo y tienes razón, yo la embarré, pero necesito que me escuches y que me dejes explicarte. (O voy a seguir hueveando y, la firme, ya no aguanto más)
La toalla con que se cubría la cabeza fue lo primero que le tiró al fantasma; lo segundo, un cenicero hediondo; y lo tercero, un cojín con olor a semen que encontró sobre la cama. Por supuesto todo pasó volando a través del pobre tipo y dio de lleno en la pared.
—Jorge, no me puedes tocar, soy un fantasma, pero puedes escucharme y dejar que te explique. (Además de muerto, me volví tonto, ¿cómo lo convenzo?)
La cara del otro, el vivo, no tenía nada de amigable, rezumaba ira y sus ojos se achicaban y agrandaban tratando de encontrarle el punto al espectro para atinarle con algo.
—Mira, saco de huevas, no me importa si me dormí, me desmayé o me morí, no quiero hablar contigo, así venga el mismísimo Dios a obligarme.
—Yo necesito que me escuches, así podré irme. (Por favorcito, ayúdame)
Sonrisa maquiavélica, brazos en jarra, manos en las caderas y postura desafiante.
—¿O sea que si no te dejo hablar, te vas al infierno?
—Algo así... pero tú no serías capaz. (¿O sí?)
—¡¡CLARO QUE SERÍA CAPAZ, ES MÁS, LO DISFRUTARÍA MUCHO!! ¡¡Pero antes escúchame muy bien, grandísimo maricón desgraciado!! ¡¡TE ODIO Y ME ALEGRA QUE TE MURIERAS Y ME ALEGRA MUCHO QUE FUERA DE ESE MODO, HECHO MIERDA POR UN CAMIÓN!!
Las lágrimas se le soltaron junto con los mocos al pobre fantasma, hizo un puchero de cabro chico (9) y entre sollozos e hipos siguió rogando.
—Puta, que eres malo... Yo esperé como siete años para poder hablar contigo, y tú no me quieres escuchar. (Huevón malo…)
—¿Siete años? ¡¡¿SIETE AÑOS?!! ¡¡¿Qué, además de muerto, no sabes contar?!! ¡¡Han pasado diez miserables y putos años!!
El portazo del baño hizo que el fantasma se sobresaltara, se quedó en medio del lugar sollozando y sin entender eso de los diez años.
Salió de su sorpresa cuando sintió un ruidito raro que venía del baño. Como buen fantasma atravesó la puerta y asomó la cabeza.
Allí estaba Coto, mordiendo una toalla para tragarse la rabia y las ganas de llorar que llevaba guardadas todos esos años.
—Jorge... Jorgito. (Mi amorcito, ¿estás bien?)
—¡¡Mierda de fantasma!! ¡¿Que no te enseñaron a tocar la puerta en el infierno?!
—Yo sé que me odias y tienes razón, pero deja que te explique lo que pasó... En una de esas me entiendes y se te pasa la rabia y la pena. (Y las ganas de matarme que me tienes)
—¡¿Pena?! ¡Yo no tengo pena!
Salió del baño con otro portazo y abrió su maleta, sacó la billetera y se la tiró al fantasma que lo había seguido como perrito faldero.
—¡Esto es lo que tengo, plata, mucha plata, tarjetas, dinero, cheques, crédito ilimitado, pero pena ¡¡JAMÁS!!
El fantasma se sentó, o hizo como que se sentaba, y se puso a llorar a moco tendido. Sollozando sólo como un espíritu que lleva diez años vagando, creyendo que son siete, puede llegar a sollozar. Gimiendo de angustia, como un espectro que se ha pasado el tiempo espiando a su novio y que trata de creer que necesita hablar con él cuando en realidad necesita oírlo.
Coto le tiró otro cojín y esta vez le dio de lleno en la cabeza y el aparecido cayó de lado al suelo.
—Ay, ¿me pegaste? (Puta que me dolió)
—¿Te pegué? ¡¡SÍ, HUEVÓN, TE PEGUÉ!! ¡Puta el fantasma pa´rasca (10)! ¡¡TÚ NO ERES UN FANTASMA…!! ¿Qué mierda eres? ¿Qu-quién eres? —Se sacó una de las sandalias de goma y se la lanzó al fantasma dándole de lleno en la cara.
—Pe-pero yo soy transparente... No puedes pegarme. (¿O sí? ¡Glup!)
Con inocencia estiró la mano para coger la chala y pasó en banda, seguía sin tener cuerpo ni densidad, pero de inmediato le llegó la pantalla de la lámpara en la oreja y se giró adolorido.
—¿Me pegaste? (Conch...)
—Sí, y lo disfruté... Puta que lo disfruté. —De inmediato, Coto se le fue encima pero pasó de largo y se dio el hocicazo de su vida en la alfombra mugrienta del motel—. Conch... Mira, huevón, no sé qué pesadilla es ésta, no sé si me emborraché o me morí, pero al menos dame el gusto de sacarte la cresta (11) por lo que me hiciste.
—¿Podrías dejar de decirme huevón y llamarme por mi nombre? Francisco, Fran, amor... Así me decías antes. ¿Lo recuerdas? (Ahora sí que me mata)
A pesar de lo que Fran creía, Coto no le respondió, se quedó mirándolo con asombro y algo de miedo.
—¿Qué...? ¿Qu-qué tengo?
—Sangre, estás sangrando... ¿Quién eres? —La rabia se había ido, en su lugar había algo raro bailando en las palabras del vivo.
—Soy yo, Fran, tu Fran.
—Yo no tengo ningún Fran. Una vez lo tuve y el muy desgraciado me puso los cuernos, me dejó como si fuera un alce, nunca más pude usar sombrero.
—No fue así, déjame contarte lo que me pasó. Por favor, Cot... Jorge. —La mano con sangre se la limpió en el blue jean, la oreja le siguió sangrando un poco pero no le importó porque ahora tenía la atención del vivo—. Yo no te quise poner los cuernos...
—¡¡HUEVÓN MENTIROSO!! ¡Si me vienes a contar una linda historia con vista al mar, ándate a la mierda!
—Pe-pero Jorge...
—Los fantasmas no deberían mentir, eres una bolsa de caca.
—¡No me digas así, yo no te puedo mentir!
—Yo te voy a decir lo que pasó. Así que cállate y escúchame, fantasma de pacotilla. Yo era un cabro chico de diecisiete años que además de maricón era tarado, que se enamoró del huevón más lindo de la facultad, que era un vago de mierda.
—¡Eso no es cierto! (Era algo alegre, pero estudiaba)
—¡Sí, eras vago y aprovechador, porque viste que a mí me iba bien en los estudios y me engatusaste para que te ayudara!
—¡¡Mentira!! (Tal vez al principio...)
—¡Verdad! ¡Yo, el saco de pelotas, andaba en las nubes, te ayudaba a estudiar, te prestaba el poto (12) y además te invitaba a almorzar los domingos con mi familia!
—Jorge, eso no es cierto... (Además, yo también te lo prestaba)
—Cállate y escúchame. Si te soltaron del infierno donde deberías estar revolcándote, ahora me vas a escuchar la canción completa. Yo me enamoré de ti y no me di cuenta de que me estabas usando, y cuando volví dos días antes de vacaciones y me fui corriendo a tu departamento a saludarte y decirte cuánto te amaba, te encontré ensartado en el maricón de Pepe. Ésa es la única verdad.
Las lágrimas de Fran le mojaron la cara, le temblaba la barbilla y tenía la nariz roja y goteando; se la limpió con la manga de la polera que llevaba y negó entre sollozos.
—No tienes idea de lo que me pasó... (Para lo bueno que estaba Pepe)
—¡No me vengas a decir que ese huevón te engañó y te pasó el poto de amable!
(Como si hubiera muchos dispuestos a pasarlo)
—No digas eso... Deja de gritar y escúchame tú a mí. Sí, yo me metí con Pepe, pero fue porque te fuiste a Madrid de vacaciones y me dejaste tirado. Me contaron que la fiesta allá era interminable y que había maricones por cientos. Te llamé como diez veces por teléfono y jamás me contestaste.
—¿Madrid? ¿De dónde sacaste que yo fui a Madrid?
—¡Tú me dijiste que ibas a España, a ver a tu abuela! (Y Madrid está allá. Seré fantasma pero me acuerdo de eso)
—¡¡A MURCIA, HUEVÓN SORDO!!
—¿Qu-qué? ¿A dónde?
—A mí nomás me pasa, muerto, sordo, fantasma, ahuevonado y cabrón de puta madre. Yo me fui a Murcia, a un pueblo perdido. Si hasta Combarbalá (13) es más entretenido que esa mierda de lugar. ¡¡Además, aunque estuviera en Madrid o en la China, yo te amaba y te era fiel!!
—¡Pero yo te llamé! (Fiel, sí, como no, muerto y podrido, pero no huevón)
—Claro, me llamaste a la casa de mi tío en Madrid, lástima que él andaba en Murcia. ¡¡EN EL CUMPLEAÑOS DE MI ABUELA!!
—O sea que… ¿no te metiste con nadie en Madrid? (Upsss, media cagadita)
El vivo miró al fantasma con una cara de cansancio extremo.
—Sabes qué, fantasmita, devuélvete al hoyito de mierda de donde nunca debiste salir. Yo no me he metido con nadie desde que el imbécil de mi novio me dio la despedida por mis vacaciones en el sillón de su departamento. ¡¡HACE DIEZ PUTOS AÑOS!!
—Jorge, yo... lo siento, lo siento mucho. Yo creía que me habías dejado para irte de parranda, y por eso como no me contestabas el teléfono me metí con Pepe, ¡pero fue una vez no más! (Ni siquiera acabé... por si te importa)
—¿Crees que me importa? Me da lo mismo, te puedes haber metido con uno o con mil. Ahora que ya te escuché, sal de mi sueño y déjame dormir tranquilo.
—No estás durmiendo. Hoy es la noche de los muertos y me dieron permiso para visitarte y contarte la verdad, para que dejes esa amargura que cargas y vuelvas a la vida, para que te enamores y permitas que la gente se acerque a ti.
—Ya, bien. Ahora, ¡¡ANDATE A LA MIERDA!! Yo me enamoré una vez y para nunca más. No sirve enamorarse, no sirve de nada, para lo único que sirve es para que a uno le duela, le duela mucho. —Se agarró el pecho porque estaba seguro de que le daría un ataque al corazón, le dolía como nunca y eso que llevaba ardiéndole desde hacía diez años.
Entre sollozos, hipos, mocos y lágrimas el fantasmita siguió hablando.
—Cuando te fuiste del departamento llorando yo traté de seguirte, pero no pude porque el imbécil de Pepe no me dejó salir. Después te llamé y no me contestaste, yo quería hablar contigo, pero no pude. ¿Por qué no me contestaste las llamadas?
Coto no le respondió, empezó a recoger las cosas que había tirado y a buscar su ropa para vestirse.
—¡¡¿POR QUÉ NO ME CONTESTASTE?!! ¡¡¿POR QUÉ, POR QUÉ, POR QUÉ?!!
El vivo se detuvo en medio de la pieza y respiró profundo, había perdido la batalla contra la tristeza, la vida le había ganado la partida y él entregaba rabo y oreja.
—Porque estaba en el hospital. Cuando me bajé del avión tenía mononucleosis y no lo sabía, cuando fui al departamento y te vi ensartado en Pepe, se me fueron las defensas al suelo y llegué a mi casa con cuarenta de fiebre. Me hospitalizaron porque andaba contagiando a todo el mundo como loco. Mi papá tuvo que decirme lo de tu accidente y me vino una recaída.
—¿Qué...?
—Sí, estuve dos semanas con mononucleosis, neumonía y una infección bronquial que casi me pasa la cuenta. Perdí el semestre y me cambié a ingeniería comercial.
—Yo no sabía nada de eso, yo iba en el auto a tu casa, iba marcando el celular y llorando, y eso fue todo. Lo siguiente que recuerdo es que vi un chispazo, sentí un clic y me acordé de ti con todas mis fuerzas. (Y parece que me fui a la chucha)
—El chispazo de seguro fueron las luces del camión que te embistió, el clic fue porque tenías mal cerrado el cinturón de seguridad y se abrió, volaste fuera del auto y la rueda del camión te pasó por encima.
—Yo no me acuerdo de eso. Sólo recuerdo que pensé en ti y me dio pena, mucha pena, tanta que no pude respirar más, grité para que me oyeras y me abrazaras pero después ya no había nada más, y yo tenía frío y miedo.
—No pude ir a tu velatorio, y menos al funeral. Nunca me aparecí por tu departamento porque no quería ver nada que me trajera tus recuerdos. Y no había tumba, sólo cenizas en el puto mar.
—Yo desperté a tu lado y creí que era un mal sueño y que me ibas a abrazar y todo iba a estar bien, pero cuando te quise abrazar pasé de largo y ya no podía tocarte.
—Me pusiste los cuernos, me cagaste la vida, fantasma de mierda.
—¡¡FRAN, FRAN!! ¡Tu Fran! ¡¡Yo soy tu Francisco!! ¡No soy un fantasma, no, no!
—Eso eres, te moriste hace diez años y yo me morí contigo. —Las lágrimas empezaron a salírsele de los ojos sin permiso, los sollozos eran tan dolorosos que no podía dejar de temblar, le ardía todo y tenía tanta pena como si fuera ése el momento en que su papá le había dicho que su mejor amigo (novio a escondidas) se había estampado en un camión y una rueda lo había dejado convertido en una alfombra de sangre y vísceras sobre el pavimento, a dos cuadras de su casa.
—Coto, perdóname por ponerte cuernos, perdóname por ser tan imbécil, pero yo te amaba, nunca se me ocurrió usarte, si yo hasta me sentía un dios porque tú me querías.
—Te puedo perdonar todo, menos que te murieras. —Le acarició la cabeza al pasar, el fantasma se levantó y lo abrazó.
El vivo se sobresaltó pero no se alejó del agarre. Se giró enfundado en esos brazos que extrañaba más que nada en el mundo.
—¿Me estás tocando?
—Sí... No sé cómo lo hago, pero no me lo impidas.
El abrazo continuó apretado y llorado, y de pronto el fantasma sintió lo más maravilloso que podía imaginar, los labios del vivo acariciando los suyos con toda la pasión de antaño.
Jadeó, se entregó, abrió la boca y aceptó el mordisco que siempre aceptaba cuando era un jovencito de veintidós años enamorado del más inteligente de la facultad.
Coto lo marcó como antes, como cuando tenía veinte años y amaba vivir, amaba entregarse a ese compañero de clases que tenía los ojos verdes más lindos del mundo, que era divertido y despreocupado, que lo seducía con lengüetazos en el cuello, que reclamaba cuando estudiaban y que siempre se las ingeniaba para que terminaran desnudos amándose.
Y eso hicieron, la diferencia fue que esta vez Coto tomó la iniciativa. Coto/Jorge de treinta años, amando a un Fran de veintidós que se dejaba hacer, envuelto por ese hombre que lo cautivaba y absorbía, con más ansías que antes pero igual de tierno que cuando apenas rasguñaba la juventud.
Eran manos, lenguas, torsos, lágrimas, pieles, gemidos, eran dos reencontrándose. Eran prendas de ropa volando por los aires, las del vivo que se acurrucaban en la alfombra a espiar lo que ellos hacían, y las del fantasma que se esfumaban en cuanto Coto las arrancaba con feroz desesperación.
Y es que llevaba diez años, congelado por dentro y por fuera, con el corazón de granito y con menos ganas que una roca. Con el odio como único aliado y el rencor como guía espiritual. Con el recuerdo de su novio ensartado en otro como exclusiva imagen del subconsciente, con la pena escondida al ladito de sus deseos sexuales y con más rabia que ganas de vivir.
Coto lo tomó por las nalgas y se las apretó con ímpetu. Fran se enervó y con habilidad enroscó sus piernas en las caderas vivas.
—¿Como antes?
—Como siempre... Eres mi Coto, soy tu Fran y esta noche tenemos chipe libre.
Lo siguiente que se oyó fue un beso mojado, ensalivado y babeado, un beso de reconciliación, un beso que cruzaba los abismos, que le importaba un carajo respetar los protocolos de la muerte y la vida, que ponía lado a lado a dos que se habían separado hacia diez años.
Coto retrocedió y se tiró de espaldas a la cama con Fran sobre él. El colchón reclamó pero a nadie le importó, en ese momento lo único que interesaba eran dos miembros restregándose impacientes, mojándose y buscando la funda corporal que clamaba por ellos.
—Fantasma, demonio o lo que seas, Francisco, esta noche te parto.
—Ahhh... Dale, dale que llevo diez años deseándote. —A horcajadas sobre él, apoyó las palmas en su pecho, aún no podía creer que pudiera tocarlo, acariciarlo y más aún, besarlo.
Coto le daba lamidas a todo lo que fuera Fran; lo mordía, al principio con rabia para sacarse la imagen de otro disfrutando de su cuerpo, pero luego eran mordiscos delicados, fascinantes y sensuales que iba dejando un trazado de saliva y huellas de dientes en la alba piel.
El pelo castaño claro de Fran danzaba mientras Coto elevaba las caderas buscándolo, cada célula de su cuerpo recordaba el camino hacia el fantasma, cada gota de su sangre aullaba pidiendo encontrarse con el dueño de su alma.
Las manos de Fran iban despertando al otro, descongelando la carne viva que se había comportado como muerta. Las manos de Coto eran alas mágicas que convertían la bruma en piel, en sedienta carne que respondía a su orden, sonrojándose, caldeándose, sudando. Una proeza para un fantasma y es que entre ellos el abismo no era muerte y vida, era un mal entendido geográfico.
—Fantasmita, o te arrepientes o me dejas metértela porque no aguanto más y ya se me revientan las ganas.
—Hasta el fondo, que yo también me muero de ganas.
Y Coto elevó las caderas mientras con las manos separaba las nalgas de su amante espectral y sin preámbulos pero con enorme ternura lo ensartó de un golpe.
De haber podido, Fran se habría desmayado, y es que el placer le colmó los sentidos, la muerte se le esfumó y la vida volvió a latir en su pecho.
Coto jadeaba, su miembro hinchado y endurecido vibraba dentro de aquel cuerpo imposible. Su lógica de ingeniero comercial le chillaba que aquello no podía estar pasando pero sus terminales nerviosas le bramaban todo lo contrario y es que estaba experimentado el mismo placer, multiplicado por mil, que en el mejor polvo de su juventud.
—¡¡FRAN!!
—¡¡COTO!!
Las embestidas mecían la cama y sus alrededores, cimbraban al velador, hacían bailar la lámpara sin pantalla y terminaban removiendo las puertas del cielo y del infierno.
Cada latido de esos desiguales corazones era un movimiento pélvico que le reordenaba cada huesito al fantasma y le borraba un día de agonía al vivo.
Sudor, besos, lamidas, mordiscos y amor por montones se entregaban mutuamente a cada momento. A cada arremetida, Coto se sumergía más y más en las entrañas de Fran sin importarle que estuviera muerto y enterrado hacía diez años. Y Fran lo recibía gozoso, goloseándose al vivo con deleite y ansiedad de hambriento.
Cada vez que el miembro iba a salir del fantasmita, éste apretaba el esfínter para retener el mazo que lo taladraba por dentro y cuando volvía a entrar, lo recibía ávido, aferrándose más a Coto, para tragárselo entero, para poseerlo de una forma total, para llevárselo con él o quedarse anclado a su lado por la eternidad.
Coto agarró el pene abandonado del fantasma y lo masajeó con tanta fuerza que le sacó lágrimas a su dueño.
—L-lo siento, es la falta de costumbre.
—Despacito que me dolió... —Fran enterró las uñas en los hombros de Coto cuando el ritmo fue el adecuado y el deseo se le anudó en las entrañas.
Con ahínco retomó la cabalgata y se afincó para elevarse completamente y dejarse caer en un éxtasis de placer desconocido.
Coto gritó y lo aferró por el talle, su simiente le inundó el brumoso interior quemándole la muerte y extinguiéndole la vida. Al mismo tiempo el semen fantasmagórico salió como un chorro brumoso, pero no alcanzó a tocar la piel viva, porque esperma y dueño comenzaron a desdibujarse ante los espantados ojos del vivo.
—¡No te vayas!
—¡Co-Coto, no me dejes! (¡¡Por la grandísima puta, justo ahora!!)
Y la imagen se iba diluyendo al tiempo que ambos derramaban lágrimas, Coto aún aferraba el talle de Fran y él enterraba sus uñas en los blancos hombros de su amante como si pudiera ancorarse a la vida, pero el reloj implacable devolvía con precisión macabra a su condición original al espíritu errante.
—No, no... ¡¡NOOOOO!! —El grito de Coto retumbó en el edén, el averno y sus vecindades. Las nubes, la lluvia, el viento y los ángeles borrachos se detuvieron a curiosear que era aquel destemplado alarido que venía del punto más despelotado del planeta.
—Yo te amo... te amo. —De Fran apenas quedaban los ojos anegados de lágrimas, porque todo lo demás había desaparecido.
—Yo también te amo, fantasmita —sollozó Coto y se quedó desnudo, solo y temblando de frío y soledad sobre la cama.
A lo lejos retumbó un trueno y el vivo se levantó corriendo de la cama, corrió la cortina y apoyó la cabeza en el frío vidrio.
—Por la mierda, Dios... ¡¿Qué cresta te hice para que me odies tanto?! ¡¿Acaso te caigo mal?! ¡¿O me saqué el premiado?! ¡¡¿Por qué mierda me haces esto?!! —Soltó la cortina y se abrazó a sí mismo—. Yo no te entiendo, Dios. Me tinca que te caen mal los maricones, porque si no, quién me explica que me cagues la vida tres veces... ¡¡¡POR LA PUTA, TRES VECES EN LA MISMA VIDA!!! —Se dejó resbalar al suelo con la espalda apoyada en la pared—. Yo amaba a este huevón, lo amo... ¡¡¿Me oíste, Dios?!! ¡¡¡LO AMO!!! Y tú me lo quitaste, tres jodidas veces...
Lloró un rato largo meciéndose con las rodillas cautivas de sus brazos, temblando de frío y preguntándole a Dios por qué, en un mantra moqueado e ininteligible.
Cuando los escalofríos no le dejaron seguir hablando, se levantó como un ebrio y se metió al baño, llenó el lavatorio con agua y sumergió la cabeza allí tanto rato como sus pulmones se lo permitieron. Cuando levantó la cabeza se fijó en la imagen que lo miraba desde el espejo. Era alguien con el pelo estilando, los ojos más rojos que un camarón y unas ojeras que parecían minas a tajo abierto.
—Si hay algún hijo de la grandísima puta encargado de mi vida... que me oiga bien y tome nota… Yo no sé si la embarré o no, con la forma como viví mi vida, no sé si fui bueno o malo, si pequé o fui santito. Lo único que sé, es que me enamoré de una sola persona y fue de Francisco. Cuando me lo quitaron me morí por dentro y ahora que lo tuve por un ratito y me lo arrancaron de los brazos, me quiero morir de nuevo. Así que, o hacen algo o lo hago yo, porque con este dolor no pienso volver a estar. Si el condenado cabrón que me cuida y me caga cada cierto tiempo, nunca ha amado, bien le vendría enamorarse, amar tanto que duele la guata (14) si uno no ve a su amor. Que se enamore y deje de joderme la maldita vida y que de pasadita, le diga a Fran que su Coto lo ama más que la mierda y que luego se van a encontrar, porque esta huevada yo no me la banco ni un puto segundo más.
A continuación, puso el tapón en la bañera y dejó que se llenara, sacó su máquina de afeitar eléctrica de la maleta y la enchufó con lentitud pasmosa. Se miró al espejo y sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Luego nos vemos, fantasmita.
La tina iba lánguidamente llenándose, le dio un vistazo, salió del baño y se tiró en la cama buscando el aroma de su novio difunto. Cerró los ojos con un bostezo enorme y cuando los abrió, Fran estaba frente a él.
—¿Qué tontera ibas a hacer?
—Iba a buscarte, ¿dónde andabas?
—En Murcia... —Se rió ronco—. Estaba a tu lado, esperando que amaneciera.
—Baboso... ¿Y para qué querías que amaneciera?
—Para que nos vayamos juntos. —Extendió su mano, aferró la de Coto y lo levantó con suavidad.
Tirado en la cama estaba el envoltorio cárneo del otrora ingeniero de treinta años, parado al lado del fantasmita, estaba Coto de veinte años, mirándolo y mirándose asombrado.
—¿M-me morí?
—Sí, en el sueño. Te dio un ataque al corazón mientras dormías. ¿Nos vamos?
—¿A dónde...?
Le besó los labios con un toque suave y húmedo.
—¿A dónde más? Al cielo.
—Tiene que haber sido el mejor polvo de la historia, si yo me morí y tú te ganaste las alas. —Coto le rodeó el talle con el brazo y lo acercó a su, ahora brumoso, cuerpo.
—El mejor, mi amorcito, el mejor polvo de la historia.
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(1) Esta historia presenta varios modismos propios de Chile, país origen de la autora. Hemos respetado la redacción, colocando algunas notas al pie que explican los términos. (Nota del Editor)
(2) En Chile se utiliza el término «huevón». La RAE le permitió la entrada a su diccionario explicándolo como «amigo». En realidad es la palabra comodín, porque de capitán a paje, lo usamos para todo. Y «huevá» es uno de sus términos derivados. Se leería como cosa, elemento o porquería. (Nota del Autor)
(3) Variación chilena de un motel común y corriente de camino, se usa por horas, y algunos cuentan con decoración temática. El más famoso es el Valdivia. (N. del A.)
(4) Denominación cruel con la que nos referimos a Chile los chilenos. Como tenemos tanta costa, decir con vista al mar debería subir de categoría a este país. (N. del A.)
(5) Chalas: sandalias, hawaianas, chanclos o algo parecido de goma para ponerse en los pies. (N. del A.)
(6) Chucha: expresión idiomática intraducible pero se refiere al pubis femenino y su contenido. Equivaldría al «coño» español. (N. del A.)
(7) Gasparín: el fantasma amistoso, un dibujo animado del siglo pasado. (N. del A.)
(8) Pegar en la nuca: otra forma de decir «poner los cuernos». (N. del A.)
(9) Cabro chico: niño. (N. del A.)
(10) Pa´rasca: para rasca, algo así como ordinario de mala calidad. (N. del A.)
(11) Sacar la cresta: golpear. (N. del E.)
(12) Poto: culo, trasero, nalgas, retaguardia, etc. (N. del A.)
(13) Combarbalá: pueblo chileno de la cordillera de los Andes, donde la mayor atracción es la artesanía en piedra que producen. (N. del A.)
(14) Estómago. (N. del A.)